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El cambio de párroco
Vertiente humana, administrativa y pastoral
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Con el nuevo curso muchas parroquias han vivido el doble “rito” de la despedida y acogida de párroco –el que se va y el que viene-. El acontecimiento se repite en el tiempo: las feligresías permanecen y los curas vamos cambiando. El tema del cambio de párroco merece una reflexión en su triple vertiente: humana, administrativa y pastoral. ¿Qué criterios se tienen en cuenta al nombrar un nuevo párroco para una determinada parroquia? ¿Cuál es la participación de la comunidad parroquial y del equipo arciprestal en ello? ¿Hay un tiempo ideal de permanencia en la parroquia? ¿Hasta dónde es posible el planteamiento ideal y cuál es la realidad concreta en la que nos movemos? Son preguntas que nos afectan a todos, aunque no todos participemos de la misma manera en la resolución de las mismas. Con todo, es oportuno abrir una reflexión al respecto. Lo hago en plan coloquial y en tono familiar, con los márgenes propios que conlleva el tema en sus diferentes implicaciones. Lejos quedan aquellos tiempos en los que un sacerdote se enteraba de su nombramiento parroquial por medio de la prensa. Quedan lejos aquellos tiempos en los que el nombramiento de párrocos se dirimía en base a la clasificación de parroquias con categorías de entrada, ascenso y término. También hubo unos tiempos en los que los sacerdotes opositaban para conseguir parroquias de mayor categoría. Todo ello conllevaba una mentalidad que no es la de los tiempos actuales, aunque puedan quedar sombras de la misma en algunos casos. Hoy, normalmente, predomina el diálogo previo a la formalización de cualquier nombramiento. Por otra parte, los cambios en base al “ascender” o “promocionar” a determinado sacerdote como solución no dialogada a los problemas surgidos, además de enmascarar la realidad, no suele tener resultados positivos. Al final, los problemas, que no están en los lugares sino en las personas, se trasladan con la persona y se reproducen en otros lugares y con otras personas. Sabemos que el nombramiento de los párrocos corresponde al Obispo, pero al igual que un párroco debe escuchar y considerar la opinión de su consejo de pastoral parroquial, un Obispo también debe escuchar y tener en cuenta la realidad parroquial y la voz de los feligreses. Es la conveniente correspondencia entre las partes afectadas la que siempre redundará en beneficio del conjunto. Y junto a ello, la consideración de la escasez de sacerdotes para seguir atendiendo las mismas parroquias de siempre. En relación a los nombramientos a veces escuchamos: “Le han nombrado párroco de una buena parroquia”. ¿Qué es una buena parroquia? ¿Una buena parroquia es aquella que tiene solvencia económica y en la que todo está organizado? ¿Una buena parroquia es aquella en la que hay posibilidad de un trabajo pastoral porque muchas cosas están sin iniciar o a medio hacer? No siempre coincidimos en lo que queremos decir cuando hablamos de buenas parroquias. Subyace en estas apreciaciones una cuestión de enfoque, de valoración de la realidad y de sensibilidad pastoral. Algunas veces podemos quejarnos de la oportunidad de determinados nombramientos, pero también hay que admitir las dificultades que los Obispos tienen para cubrir las necesidades de una diócesis por la escasez de clero, y las dificultades que los propios sacerdotes podemos añadir a la hora de asumir los nombramientos. Nos ayudaría una mirada amplia y generosa de una realidad que en sí misma también es amplia y compleja. Igual que no es lo mismo ver la parroquia desde la óptica del párroco que desde la óptica e intereses del feligrés ocasional o de tal o cual grupo parroquial, también habría que hacer el esfuerzo de ver los nombramientos desde la óptica de los Obispos y las necesidades del conjunto de una diócesis. Otra cuestión es la duración de los nombramientos y la conveniencia pastoral de que estos sean prolongados o reducidos en el tiempo. No hay nada escrito al respecto, pero debería mandar el sentido común y el bien pastoral de la comunidad parroquial, sin descartar la consideración de la realidad concreta del párroco, pues aunque realicemos funciones, los sacerdotes no somos funcionarios de lo religioso, sino pastores de la comunidad. Y, sobre todo, somos personas con limitaciones y vulnerabilidades. Hay situaciones de párrocos y vicarios parroquiales que se eternizan en el tiempo, que se enraízan en los lugares. También los hay que cambian frecuentemente de destino. ¿Dónde está el punto medio y equilibrado? No hay situaciones homologables, y el tratamiento debe ser siempre personalizado, pero sincero. Porque no somos funcionarios, el criterio para permanecer o para cambiar de parroquia no debe ser solamente el administrativo, sino el pastoral y comunitario, sin pasar por alto la realidad concreta de la persona del sacerdote, que en algunas ocasiones se convierte en imperativo. En algunos casos de “enquistamiento” parroquial, parece que mande más lo afectivo que la obediencia y disponibilidad que hemos profesado. La paradoja es que la libertad y disponibilidad propia del célibe puede sustituirse por un excesivo apego a personas y lugares. No hay que ignorar la afectividad, pero la afectividad no debe mandar en las decisiones. Otra situación que puede darse en los cambios tiene que ver con la comodidad cobarde de algunos párrocos que habiendo buscado un cambio de parroquia, se justifican ante la feligresía señalando la decisión del Obispo como la responsable del traslado. Algunos enfrentamientos y acaloramientos parroquiales podrían evitarse si fuéramos más humildes, prudentes y sinceros. Con todo, hay que admitir que existen situaciones complejas, donde hay asuntos personales que obligan a un cierto silencio en las informaciones por parte del Obispo y del párroco. Otra cuestión es la actitud de los sacerdotes y de la feligresía tras los cambios de párroco. Algunos sacerdotes dicen que siguiendo un criterio antiguo –no sé si escrito o no-, tras dejar una parroquia no debían frecuentarla para no interferir en la labor del nuevo párroco. A mi entender es una medida preventiva pero poco respetuosa con las personas. ¿Se tienen que cortar los lazos de amistad? Es cierto que a algunos que fueron párrocos de tal o cual parroquia, les cuesta asumir que ya no lo son, y que pueden interferir en la labor del nuevo párroco por su connivencia poco saludable con algunos feligreses. Creo que es una cuestión de sentido común y de categoría humana que en gran parte depende del talante del propio sacerdote. El equipo arciprestal es un medio de eficaz ayuda, no solamente para el trabajo pastoral, sino para la convivencia de los propios sacerdotes. Algunas veces priorizamos la dimensión administrativa y funcional del equipo arciprestal, minusvalorando su importancia en lo que a la fraternidad sacerdotal se refiere. Aunque la eficacia sea un valor, los criterios que han de mover nuestra vida y nuestras relaciones no son los propios de una empresa, sino los de una comunidad de fe. También el quipo arciprestal debe estar implicado y comprometido ante los cambios de los sacerdotes con los que comparte la vida y la misión en un espacio de la diócesis. ¿Existen criterios para la elección de los párrocos? Por supuesto que sí. Los del sentido común, los de las conveniencias pastorales y los de los recursos existentes, a veces limitados. En ello siempre ayuda tener mentalidad eclesial y no recluirnos en los propios intereses personales y parroquiales. Propio del creyente es la amplitud de miras y la generosidad en la entrega. Dios sigue escribiendo la historia de salvación, aunque los renglones, que somos nosotros, muchas veces salgan torcidos. A todos nos gusta que se nos tenga en cuenta en aquello que nos afecta y que se consideren nuestras cualidades y debilidades ante un nombramiento. ¿Qué más consideraciones podemos hacer al respecto? Todos tenemos experiencias sobre el tema que pueden incluir aciertos y errores. Somos personas de Iglesia enviadas a trabajar a la viña del Señor, lo que supone capacidad de asumir y compartir frustraciones y esperanzas. En todas las situaciones busquemos con criterio de fe la conveniente interrelación entre las vertientes humanas, administrativas y pastorales.
Ismael Ortiz Company
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