La gran tentación

 

 
 

 

  La excelente homilía que nuestro paisano y amigo Juan Piris pronunció en su toma de posesión episcopal de la diócesis de Lérida merece una seria reflexión. Es una homilía de tono muy evangélico, totalmente centrada en Dios y en su Hijo Jesucristo, tanto que incluso a la Virgen María le dedica sólo dos líneas al final de un texto que ocupa bastante más de dos folios. Quiero resaltar y comentar un párrafo de esa homilía que dice así: Ens ha tocat viure en un món secularitzat i complicat, però és el nostre i ens l’hem d’estimar i fer actual en ell la presència del Senyor Ressuscitat oferint a a tots la Bona Notícia de la salvació amb renovada confiança en Jesús que, certament, no ens vol veure perdent el temps lamentant-nos dels canvis culturals. Com va escriure Peguy (“Veronique”) “També eren dolents els temps sota la dominació romana. Però va venir Jesús. I no va perdre els seus anys en gemecs i interpel.lacions a la maldat de l’època. Ell va tancar la qüestió de manera molt senzilla. Va posar en marxa el cristianisme. No va posar-se a recriminar ni a acusar a ningú. Ell va salvar. No va incriminar el món. El va salvar”.

   Se trata de una tentación que nos acecha a todos: tentación de desánimo, de cansancio por la experiencia de que nuestros esfuerzos evangelizadores con frecuencia parecen inútiles, que son como una pelota que choca contra el frontón de la indiferencia y vuelve íntegra a nosotros. Lo experimentamos en nuestras familias, en el ejercicio de nuestro ministerio, en nuestra convivencia social. Una chica me decía: “en mi lugar de trabajo me encuentro como una extraña, como una isla: allí nadie cree en Dios, nadie va a misa los domingos, todos se ríen de la indisolubilidad del matrimonio, todos son partidarios del aborto”.

   Y, sin embargo, al menos desde que yo tengo uso de razón, jamás la Iglesia ha desplegado el esfuerzo catequizador que está realizando ahora, sobre todo a partir del Concilio Vaticano II. En la revista Vida Nueva he leído dos artículos de dos cristianos comprometidos en el campo de la cultura y los dos llegan a la misma conclusión: es inútil el diálogo Iglesia-mundo porque el mundo no quiere dialogar con la Iglesia y es inútil también el diálogo fe-cultura porque la cultura actual no considera la fe como interlocutor que merezca atención. Esa es la amarga decepción que se tiene a veces al releer la Gaudium et spes que cuando apareció produjo en mí, y en muchísimos otros, gozo y esperanza.

   ¿Qué hacer ante esta dramática situación? El obispo Juan Piris nos da una pista, especialmente en la cita que recoge de Peguy. Porque, a pesar de su enorme fuerza expresiva y retórica, el abuso de frases como “cultura de la muerte” o “relativismo moral”, acaba produciendo escepticismo que puede acabar en una apostasía práctica, porque plantean una disyuntiva entre el mundo al que pertenecemos y somos fruto de él y de su cultura y la fe que profesamos. El Cardenal Martini, en el libro Coloquios nocturnos en Jerusalén, dice que la encíclica Humanae Vitae ha contribuido no poco a que muchos hombres y mujeres, también católicos, hayan perdido definitivamente su confianza en el magisterio de la Iglesia. Cuando un obispo dice que un mundo sin Dios camina inevitablemente hacia el cataclismo y la catástrofe, o cuando otro obispo afirma que el laicismo destruye la democracia, producen la risa o la indignación. Estos obispos fomentan aversión y miedo al mundo actual y su cultura. Parecen ignorar la historia en general y la misma historia de la Iglesia y, lo que es mucho más doloroso e inexplicable, es el olvido de las palabras de Jesús en el evangelio de San Juan: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que quien crea no perezca, sino tenga vida eterna” (Jn 3, 16). ¿Cuándo caeremos en la cuenta de que ese amor no se refiere ni a la Iglesia, ni a la civilización cristiana sino al mundo tal como es en cada momento histórico?

   Hemos de volver a las realistas y entrañables palabras de Jesús cuando habla de mi rebañito –“pusillus grex”– o cuando afirma que el evangelio pondrá al hijo contra el padre, a la hija contra la madre, a la nuera contra la suegra. Naturalmente Jesús no se refiere a una declaración de guerra sino al abismo que el seguimiento de Jesús provocará incluso entre los miembros de una misma familia. Desgraciadamente hoy lo estamos constatando todos. Hemos de volver, sobre todo, a la humildad y fuerza de las parábolas del granito de mostaza y de la levadura en la masa.

   ¿Asumiremos, por fin, que nuestra sociedad es mucho más pagana que cristiana? Y pagana no sólo en la moral y las costumbres sino, lo que es mucho más grave, en la fe y en la sensibilidad religiosa.

   En nuestra tarea evangelizadora y pastoral y en el testimonio cristiano recordemos las conocidas palabras de Karl Rahner: “En el siglo XXI el cristiano o será místico o no será cristiano”, es decir, o cultivará la experiencia personal del misterio del amor de Dios o abandonará la fe. Y quedarán en papel mojado las palabras de San Pablo que hoy he leído y meditado en el rezo de Laudes: “¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?: ¿la aflicción?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? En todo esto vencemos fácilmente por aquel que nos ha amado” (Rm 8, 35-37).

 

+ Rafael Sanus Abad, Obispo auxiliar emérito de Valencia                            tornar al sumari