REPTES DEL MAGISTERI 

 

 

 
 

 

 

 

 

Seleccionar un Párroco (I)

 

 

 

 

 
 

  

 Seleccionar un párroco es una tarea de gran responsabilidad y nada fácil. El  § 2 del canon 521 pide que el sacerdote que ha de ser designado párroco, además de destacarse por su sana doctrina y probidad moral, esté dotado de auténtica inquietud pastoral, y tener las cualidades que se requieren tanto por derecho universal como particular para la labor en la parroquia de que se trate. Y el  § 3 expresa que es necesario que conste con certeza su idoneidad según el modo establecido por el Obispo diocesano…

   Si esta selección la entendemos como el proceso que debe seguir el Obispo para nombrar un párroco, todo termina con el nombramiento, cuando se firma el decreto. Este proceso, dada la escasez de sacerdotes en la actualidad, tal como están las cosas, la inmensa mayoría de las veces quedará con la marca de “lo posible”: En todo caso, si es que se trata del nombramiento de varios párrocos al mismo tiempo, la selección estará en ver quién es más adecuado a cada parroquia.

   Pero ya se trate de una parroquia o de otra, el párroco tiene una misión como pastor que es inherente a la calidad de pastor. Es verdad que esa responsabilidad de pastor se habrá de concretar de una forma u otra según sea la realidad en la que vive la comunidad parroquial. Según esto, el discernimiento para la selección de un párroco debe estar orientado a la comprobación de si un determinado sacerdote tiene, por un lado, las cualidades requeridas para ser párroco y, por otro, si es capaz de realizar su ministerio en la parroquia concreta de la que se trate. No es lo mismo una parroquia de campesinos que una parroquia de obreros con fuertes conflictos laborales, o de pescadores artesanales, profesionales, etc.

   En la selección todo el mundo entiende que si un sacerdote puede resultar escandaloso, o no tiene la suficiente madurez afectiva, debe quedar descartado para ser párroco. Normalmente se suele considerar como escandaloso el sacerdote que tiene problemas afectivos con alguna mujer, o es homosexual, o que actúa según cualquier otra irregularidad relacionada con la sexualidad. No se puede negar que esto produce escándalo y que esa persona no puede ejercer el ministerio de párroco. Pero la moralidad requerida para ser párroco no queda reducida a ese campo. Un sacerdote que sea muy apegado al dinero, al “pasarlo bien” olvidándose de los pobres y de todos, que sea un déspota autoritario que en todo impone su capricho sin saber escuchar…,  tampoco tiene las condiciones para ser párroco.

   Gracias a Dios hay sacerdotes muy buenos que con gratuidad y sincera entrega al Señor quieren identificarse con él en el ministerio pastoral. Estos sacerdotes, de una forma u otra, entienden que el haber sido seleccionado para párrocos no es algo que terminó con el decreto de nombramiento, sino que eso no fue más que un paso dentro de un proceso que continua y que terminará cuando al final el Señor haga la selección definitiva y le diga: “Muy bien, servidor bueno y honrado: ya que has sido fiel en lo poco yo te voy a confiar mucho más. Ven y alégrate conmigo” (Mt. 25, 21 y 23).

   Siguiendo la vivencia de estos sacerdotes hemos de considerar la selección de un párroco como un proceso que comienza con la etapa del nombramiento pero que sigue hasta que en la selección final del Reino de los Cielos pueda ser reconocido como “siervo fiel”.                                                                                                                                    

   Visto así, se trata de un proceso en el que el que está involucrado no solamente el párroco sino el Obispo en cuyo nombre ejerce el ministerio y también los demás hermanos del presbiterio y los fieles de la comunidad parroquial que con él caminan la aventura del Reino a través de las realidades del mundo que vive la parroquia.

   Se trata de “llegar a ser” verdadero párroco, pastor plenamente identificado con el Buen Pastor que conoce a sus ovejas por su nombre y entrega su vida por ellas. Junto con todo el presbiterio hacen presente al Obispo en su misión de hacer visible el inmenso amor con el que Dios ama al mundo.

  

+Juan Luis Ysern de Arce, Obispo Emérito de Ancud

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