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El
pasado domingo día 26 finalizaba la XII Asamblea General Ordinaria del
Sínodo de Obispos. Había comenzado el 5 de octubre con una eucaristía
presidida por el Papa. En la homilía, Benedicto XVI formuló al Sínodo
algunas de sus preocupaciones: por una parte, la pérdida de identidad
cristiana de muchos pueblos, la “muerte de Dios” propugnada por “cierta
cultura moderna”, el individualismo destructivo que endiosa al
individuo, el relativismo moral, …; temas, todos ellos, presentes en
muchas de sus intervenciones públicas. Por otra parte, planteó el marco
privilegiado en el que leer la Palabra de Dios: la liturgia. Ambas
inquietudes, junto con otros aspectos de carácter pastoral, han marcado
las discusiones en las asambleas sinodales, probablemente porque
coinciden también con las preocupaciones de los obispos participantes.
Así se
percibe en el conjunto de las 55 propuestas que el Sínodo elevó al Papa
y que éste permitió publicar inmediatamente al concluir el trabajo
sinodal, hecho que refleja, probablemente, su satisfacción con el
resultado. Quizá no es exagerado decir que constituyen la visión de la
realidad eclesial de los miembros sinodales, de sus inquietudes y
problemas, su particular diagnóstico de la vida y misión de la Iglesia,
así como del lugar de ésta en el mundo. Y probablemente tampoco es
desatinado reconocer que la influencia del Papa no se la ha limitado a
la animación y exhortación, sino que ha provisto al Sínodo con
fundamentos teológicos y herramientas conceptuales para abordar uno de
los temas que más preocupan al Papa: la relación entre exégesis y
teología.
Tanto
su homilía inicial como, sobre todo, su intervención en el aula sinodal
del 14 de octubre, han servido para crear el esqueleto teológico de las
propuestas finales. En esta intervención, Benedicto XVI se lamentaba,
entre otras cosas, de la “perplejidad” que provoca a algunos presbíteros
la preparación de la homilía, cuando exégesis y teología parecen
irreconciliables. El número 12 de la
Dei Verbum ha sido el más citado por el Sínodo para recordar a
todos los teólogos y exegetas (y a todos los cristianos) la necesidad
irrenunciable de cuidar los dos niveles de lectura del texto bíblico:
primero, la utilización de los métodos histórico-críticos que descubren
cómo la Palabra está mediada por la cultura, la historia y modos de
expresarse de quienes la escribieron y transmitieron; segundo, la
necesaria hermenéutica teológica que lee la Biblia como Palabra de Dios
encarnado en esa historia, con un mensaje de salvación para todas las
personas. Quizá el Papa desarrolle más su particular interpretación de
la DV 12 en la próxima Exhortación Apostólica, pero el Sínodo, en sus
propuestas, se limita a recoger lo que el Concilio afirmara el año 1965.
Esta
preocupación del Papa, no obstante, queda atenuada en el conjunto de las
propuestas, puesto que éstas reflejan también otras preocupaciones de
los obispos participantes en el Sínodo, como el adecuado uso de la
Palabra de Dios en la liturgia y en la pastoral. En el elenco final de
propuestas, agrupadas en tres partes (“La Palabra de Dios en la fe de la
Iglesia”, “… en la vida de la Iglesia”, “… en la misión de la Iglesia”),
la segunda parte es la más amplia y en el que se contienen las
propuestas más concretas, aunque no ofrecen gran novedad. Quizá son
reseñables: la petición de que se elabore un “directorio sobre la
homilía” (prop. 15), la reconsideración de los pasajes del AT leídos en
la liturgia (prop. 16), el hecho de pedir que “el ministerio del
lectorado se abra a las mujeres” (prop. 17), el especial cuidado en la
formación bíblica de los candidatos al ministerio (prop. 27 y 32)… La
tercera parte abre las puertas de la Iglesia para que la Palabra de Dios
pueda ser Buena Noticia para todos; en ella se percibe con menos tibieza
la necesaria apertura y diálogo de la Iglesia con el mundo y la
perspectiva secular que también debe tener la Biblia (prop. 39 y 48).
Quizá hubiera sido deseable que el Sinodo se hubiera ayudado más del
documento de la Pontificia Comisión Bíblica del año 1993 en el que se
desarrollaba “La interpretación de la Biblia en la Iglesia” y que ha
quedado relegado.
En
conjunto resulta un elenco de propuestas bastante comedidas, cuya
riqueza no radica tanto en el contenido (se remite continuamente a la
Dei Verbum), cuanto en la
oportunidad que ofrece a toda la Iglesia para ahondar en el tesoro de la
Palabra.
Carlos Gil Arbiol,
Universidad de Deusto, Bilbao
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