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Una Comunión CON
NUEVA MENTALIDAD
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Consideran muchos pensadores actuales que en un mundo tan lleno de cambios como el nuestro, donde el futuro se presenta siempre como algo incierto, surge con fuerza en el ámbito secular un renovado interés por las tradiciones religiosas, en las que el ser humano busca respuesta a esos cambios. Cuando los cambios se producen a gran velocidad, como si todas las certezas del pasado se hubieran puesto a prueba, parece que la reacción humana normal es volverse hacia la religión. Pero dentro de las religiones la respuesta a los cambios está teniendo un impacto considerable sobre el carácter mismo de la religión. Así, la demanda por la certidumbre es un factor decisivo en el aumento de los nuevos fundamentalismos: en el cristianismo, Islam, hinduismo, budismo y judaísmo. El fundamentalismo religioso, que lucha con un espíritu de combate por una causa claramente definida, considera que la fe tiene que ser clara, simple y llena de respuestas, trata de conservar las pocas certezas que parecen quedar. Así, por ejemplo, las antiguas maneras de expresar la verdad cristiana parecen como recuerdos nostálgicos de un mundo que todos saben que ya no existe. Esta demanda militante por la certeza olvida en muchas ocasiones la necesidad de una búsqueda constante por encontrar nuevas maneras de expresar antiguas verdades, maneras que se ajusten a este mundo nuevo. De lo que se trataría es de buscar formas de presentar el mensaje cristiano de manera amplia, franca y acogedora, sin diluir su sentido, sino incorporarlo en la cultura de hoy y aquí. Si en la sociedad actual existe una difundida falta de interés por la historia y la tradición y una consiguiente atracción por lo novedoso, y, de ahí, la sensación de que la historia no tiene ninguna utilidad para la vida, pues el “ahora” parece ser lo único que importa, la Iglesia, por su parte, parece haber perdido el contacto con el mundo que la rodea, enfrentada a un mundo tan diferente del pasado, incluso del pasado bastante reciente. Ese enfoque de la fe cristiana es muy individualista. Es necesario regresar al “corazón” espiritual de la fe. Las tradiciones religiosas nos aproximan a las fuentes del sentido, ponen en palabras, y a veces en imágenes, la experiencia del sentido, haciéndonos conscientes de los límites, de la fragilidad humana. Sin esa conciencia, no hay sentido en la vida. Uno de los principales desafíos del cristianismo actual tendría que ser su énfasis en la comunidad del pueblo de Dios y en predicar un Evangelio de justicia. Los dos pilares sobre los que tendría que apoyarse un cristianismo a la altura de los tiempos son la vida espiritual y la denuncia social. Quizá, entre los cambios en espiritualidad, éstos son los más prometedores. Por una parte, la Iglesia es la comunión del pueblo de Dios. Si bien es cierto que dentro de esa igualdad hay distinciones de autoridad a fin de facilitar un rumbo claro, una visión conjunta, disciplina y orden, esa comunión de la Iglesia existe por el bien del Reino y no simplemente para su propia perpetuación. Por otra parte, no hay idea tan profundamente religiosa como precisamente la de emancipación o la de liberación. No hay acción, ni vida posible, sin esperanza, sin horizonte de sentido que una las conciencias, sin toma de conciencia de los lazos que tejen y sostienen la incierta trama de nuestras vidas y que nos permiten participar conjuntamente en la búsqueda de sentido y de reconocimiento. Desde este punto de vista, el tema teológico de la koinonía adquiere un nuevo énfasis. No se trata de recuperar la importancia teológica de este término, que, como sabemos, define a Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo como una comunión divina, siendo los sacramentos signos de esta koinonía: el Bautismo como el sacramento de la iniciación en la comunión con Dios y el pueblo de Dios; la Eucaristía como el alimento común de unidad, simbolizado por la fracción del pan. Tampoco se trata de recuperar este término para definir a Dios como el único que busca comunión con su pueblo; o definir a la Iglesia como una comunión con el Dios Trino. Lo relevante sería entender cómo esta comunión determina teológicamente la relación entre nosotros mismos, entender la comunión como interdependencia, como un principio fundamental de nuestra existencia, que se vive también en tensión. La Iglesia debería utilizar esa comunión divina para acercar a todo el mundo a la comunión con Dios, consciente de que la koinonía aún no se ha completado. La Iglesia vive en tensión, en parte unida y en parte dividida. Y los cambios actuales deberían hacernos pensar creativamente que quizás estemos viviendo esta tensión, por lo que estamos obligados a orar los unos por los otros, en mutua responsabilidad y cuidado, en un intercambio de recursos y bienes y en una entrega de sí.
Francisco Arenas-Dolz tornar al sumari
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